La peste del olvido de gol se prolongó en Macondo

Por AIPS América

29 de enero de 2022

Estewil Quesada Fernández

Editor regional de EL TIEMPO

@EstewilQ

Barranquilla

La peste del olvido de gol continuó en la Selección Colombia y la esperanza de clasificar al Mundial de Fútbol de Catar, tras la victoria 1-0 de Perú de este viernes, se evaporó como Remedio La Bella en Cien años de soledad.

En ‘la Macondo industrializada’, como Gabriel García Márquez nos confesó alguna vez que consideraba a Barranquilla, el equipo dirigido por Reinaldo Rueda ajustó 556 minutos sin anotar, pero con el agravante de que el arco que mantuvo invicto en casa en los últimos tiempos resultó perforado.

A los 40 minutos del segundo tiempo, en descolgada por izquierda del arco norte, en medio de un escenario tupido en las gradas casi en su totalidad por cerca de 50 mil aficionados que vestidos parecían mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, Édinson Flores sacó remate que silenció a todo un país.

Contagiado tal vez por esa peste, el arquero David Ospina, el salvador de otras jornadas y que hasta el momento había sido prácticamente un espectador más en el partido, olvidó que en su palo, al remate rasante de Flores, había que meterle las manos con contundencia y evitar la anotación.

Hasta antes del festejo peruano, esa peste del olvido de gol, generada por la del insomnio, producto de la falta de sueño por no poder marcar durante los últimos seis partidos de las eliminatorias (la última vez fue el 9 de septiembre pasado en el 3-1 en casa frente a Chile, mediante remate de Luis Díaz), Colombia tuvo la pelota, el control, el dominio. Pero sus hombres no encontraban el camino de gol.

Rueda, el José Arcadio Buendía de la novela, que desechó tal vez por olvido a un estelar atacante como Teófilo Gutiérrez, cuando era necesario recurrir a todos lo que tenía a mano para encontrar la solución, seguramente en el trabajo previo inundó de papelitos, como el líder lo hizo en la aldea, el lugar de trabajo para que sus hombres de arriba marcaran.

Pero con todo y que las fórmulas estaban anotadas, y que Colombia mantuvo la posesión del balón frente a un rival que solo espero atrás, para defenderse, nada surtió efecto. Las jugadas se generaron, esta vez más que en las otras oportunidades recientes.

Centros por derecha, centro por izquierda, con los laterales o los extremos, y nada. Jugadas colectivas por el centro, con James como eje, y nada. Las pelotas que llegaban a los hombres en posición favorable, en cabeza de Falcao, terminaban en cualquier lugar, menos dentro del arco defendido por Gallese.

A medida que corrìa el reloj, el desespero cundía, porque el tiempo de la peste del olvido de gol iba en aumento. Mina subió para sumarse en ataque, en el segundo periodo, pero tampoco concretó. Y más desespero: dos hombres casi siempre para el cobro de tiro de esquina, un técnico que mantiene dos volantes de marca con equipo rival que permanece agazapado… Cambios sin frutos. Y nada del gol.

Hasta que vino ese remate certero de Flores, con la fuerza de un toro, como la lanza con la que José Arcadio Buendía mató a Prudencio Aguilar, tras una pelea de gallo, hecho que lo llevó a caminar por largo tiempo y llegar a un sitio cercano a un río para allí fundar a Macondo.

Ese gol de la derrota, minutos después, llevó al público, tras el pitazo final, a abuchear a la Selección y, no solo eso, sino que también los ídolos de ayer fueron despedidos con proyectiles lanzados por desadaptados.

Colombia en su casa del estadio Roberto Meléndez, en estas eliminatorias, sufrió la segunda derrota. Tiene el mismo número de triunfos y cuenta con cuatro empates, cuando resta un partido (contra Bolivia, en marzo). 10 puntos de 24 posibles, un guarismo pobre para cuando se piensa llegar a tierras árabes.

A Rueda y a sus pupilos delanteros, en ‘la Macondo industrializada’, les faltó el brebaje que el anciano gitano Melquiades les dio para erradicar la peste del insomnio y la del olvido, como ocurrió en Cien años de Soledad. Y el camino a Catar parece cerrado…

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